Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



domingo, 16 de julio de 2017

ECM

Metáfora urbana que singularizó la reflexión inesperada, también insólita, rara. Sucedió como suceden los prodigios, inesperadamente, en un sosegado paseo por Pujerra, enclave encaramado en el alto Genal, privilegiado valle de la serranía de Ronda, entre ostensibles declives en los que se despeñaba también la tarde. 

Ya no fueron las ternuras despiertas por unos gatitos, unas crías arrastrando nervio y fragilidad por los nublados del suelo, o la huella visigoda, única, en una casa milagrosamente indemne, excepcional entre tanto desbarajuste urbano, o la sinfonía de las chicharras en la canícula amarilla que apenas absorbía el verde fraudulento del castañar, el malva distraído de las montañas en lontananza, sino la fascinación, inmediata, por la planta, acaso errática, que brotaba en uno de los estrechos callejones, o en esas ínfimas separaciones entre las casas, la mayoria edificaciones bárbaras, grotescas,  de muy mal gusto y fatua funcionalidad, (educación urbanística, además o entre otras, para los próceres locales). El minúsculo callejón, oscuro, o en penumbra encendida por la blancura de la cuarteada cal de las paredes, la ligera subida, y al final de la misma el fuerte resplandor de un sol agobiante, vehemente, de infierno terrenal, quizás apóstata, quizás impúdico. 

Entonces, ante esta visión aún no conquistada, acaso permeable a las fantasías, a la imaginación por lo resbaladizo, emergió con fuerza la reflexión, adentro, o la que aparece sin querer, sin nada. Las "Experiencias Cercanas a la Muerte" (ECM), pensaba, tenían que ser muy similares a aquella escena imprevista, ese túnel negro, incierto, presentado de súbito tras el fatal accidente, el latigazo definitivo de la enfermedad, en el que el espíritu, el alma, el subconsciente... o lo que sea y sutil a la persona en ese trance aciago, se acerca y somete a la plenitud conclusiva del fosco trayecto ante una luz deslumbradora, acogedora, que sea dios la causa, o el éter, u otra entidad o energía incognoscibles, o cualquier entreacto cósmico, no tuvo o no debió tener ninguna importancia, ni trascendencia; solo el efecto, igual de inescrutable, de incentivar el pensamiento, acerca de tal fenómeno o gratuidad en relación a las fronteras herméticas de la muerte. 

Y frente al exiguo corredor, obscuro, ante la planta que, aún anclada al terrazo, parecía ascender de manera pausada por el túnel insustancial o enigmático, pensé en lo injusto de estas egocéntricas creencias, filosofías o ensueños, o tal vez deseos,  siempre circunscritas, exclusivas y reduccionistas al hombre, a la mujer, al ser humano. Y pensé, porqué no, dentro de los distintos reinos naturales, de las distintas formas de vida, si del mismo modo existiría o se creería en un tránsito hacia el Otro Lado, hacia otra dimensión o universo, del paso de una muerte en vida para ser en otra realidad, con sus pasadizos de una luz amable y reconfortante en su final o acceso indeterminado, he aquí este o esta simbología, corresponderían, por un concepto de justicia o posibilidad universal, también al reino animal e incluso, siendo este el caso, al mundo vegetal. 

Con todo, unas palabras de Raúl Argemí, estas: "Porque la suma de las partes... no hacen a la persona. La persona se fue, y lo que queda es un amontonamiento de carnes y vísceras que facilitan un recuento, pero no un rescate. Me entristece saber que somos nada más que ese montón de fragmentos sin sentido. Me gustaría creer en el alma, en algún dios, pero ya no puedo creer en nada" Letras heridas y recién leídas, coreaban la controversia, la lucha dentro de mí, insoluble, entre el descreimiento por las mismas y esta observación alegórica, de la postal pujerreña, con la fe en una realidad superior, igualitaria y mejor. 

Caía la tarde entre ronroneos de los gatitos como juguetes articulados, sacudí la cabeza y los retazos de mi inquieto pensamiento saltaron como las conchas de las paredes encaladas, como pavesas por aquel tiro de una chimenea subterránea, escondida, encantado de disfrutar de la disposición de una planta, que no atravesaba su trayecto hacia el hades por caso, sino para aquí y no allá subrayar un instante en el que me sentí muy vivo. 

© F.J. Calvente 


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