Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



domingo, 30 de julio de 2017

"CUESTAS"



No hacía falta que Saramago, a esta hora, en esta estación, incluso a estas alturas, en un breve murmullo como el del surtidor de agua de la Plaza de la Oscuridad a mis espaldas, como el de algún que otro zureo y batir de alas de las palomas en la iglesia rupeste con su olvido vil, tal vez en una excepción, fugaz, de un tiempo que antojaba devorarse a sí mismo y ante la indolente apatía del mundo, dijese: "Siempre acabamos llegando a donde nos esperan". No me detuve por la evidencia de la frase, sino al ver a ella, a la mujer mayor, envuelta en el sudario negro de un mortificante recuerdo, mientras con cuidado bajaba los espaciosos escalones y yo los subía sin los cientos de años que nos separaban en esta experiencia cotidiana. Aun con la metáfora a flor de piel, la escena en calle Cuesta de las Piletas, no aludía a la ingrata alegoría de la existencia, de la vida real, es decir: la mujer en el declive entregado de los años y yo en el ascenso de los míos y dificultosos. No, reflexioné en las palabras del Nobel portugués y en la causa que las había traído, en la mujer mayor, en ese cuidado tal vez mecánico, guardando su fiel en la balanza de los días, ese equilibrio vigilado con su mirada en el suelo, una bolsa blanca de tienda, de un comercio familiar, aledaño, en una mano, y el bolso negro, siempre, con los instrumentos de identificarse con la realidad, de no desaparecer en la invisibilidad de unos tiempos ociosos que huyen del pasado y de lo perecedero. El instante en el que consideré que a mí todavía me quedaban espacios, lugares a los que llegar y porque anhelaba que me esperarían en ellos; si bien, por ahora, Ronda acapara todas las llamadas y encuentros. Nunca se sabe. Por contrario, ella, la mujer mayor, por ese luto de muerte de por vida, quizá no tuviese a nadie que la esperara, y solo una reunión pactada con los recuerdos y cuando ella era ya un recuerdo, hasta su definitiva absorción por estos. Suspiré,  y reanudé mi subida. Cuando en la mediación del arduo pasadizo de casas crecidas y escalonadas nos encontramos, no nos miramos, el saludo respetuoso, entendí que había una soledad, amable, y a la que podía acompañar, llenarla de nostalgias. Un consuelo para los momentos que tendrían que llegar o los que me esperarían, acaso, al llegar arriba de la calle. 

© F.J. Calvente

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