Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



martes, 25 de julio de 2017

domingo, 23 de julio de 2017

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "A la vejez, navajazos" de Andreu Martín.

"Todos los ancianos mienten. Más o menos inconscientemente. Llevados, quizá, por la necesidad de relatar con exactitud cosas que el tiempo ha borrado o ha desfigurado"



Andreu Martín es uno de los maestros de la novela policíaca española. Autor prolífico de novelas sencillas, entretenidas, ágiles, concisas, de las que te duran una tarde, escritas sin excesivas expectativas y retóricas, y las que te dejan un grato saborcillo literario, a café negro y pólvora entre sus letras. "A la vejez, navajazos" (Sedmay, ediciones, 1980. Círculo del Crimen), luego reeditada como "A navajazos", su tercera obra, es un ejemplo, bien hecho, de este estilo clásico del género negro hispano. No en vano su autor, para la realización de esta novela, pasó largas horas en los despachos de la Brigada de Investigación Criminal de Barcelona, con vistas a ser absolutamente fiel al procedimiento policial en España; y tan fiel a las reglas del género, sazona sus tramas con los típicos tópicos de la novela policíaca: investigador solitario, raro, chica atractiva, diferente, etc y final vertiginoso en el que se dilucida el crimen. 

"Un policía es un hombre como cualquier otro, con sus amores, pasiones e inhibiciones, con sus problemas y contradicciones, con sus aciertos y errores.
Javier Lallana es inspector de la Brigada de Homicidios de Barcelona.
Su trabajo para esclarecer la muerte de una anciana, relacionada al parecer con unas valiosas joyas modernistas y seguida de varias muertes más, le enfrentará con sus limitaciones y las limitaciones ajenas, antes de llegar, a través de un profundo estudio de la personalidad senil, a la brillante solución del caso".

Así que esta "A la vejez, navajazos", historia de ancianas asesinadas con las bragas bajadas, víctimas con un pañuelo rojo al cuello como marca del asesino, una herencia, robo de unas joyas de coleccionista, valiosísimas, un policía novato, que no bisoño, personajes que, aunque no lo suficientemente caracterizados, inclusive su protagonista, sobrios, sospechosos, interesantes… Barcelona en los comienzos de los 80. Ingredientes para pasar una tarde amena, más en estas estivales, con una novela muy bien hilada, presentando con generosidad y claridad todas las pistas, sin artificios, ni tretas, ni giros insospechados, de trama perfectamente estructurada y con final sorpresivo, resolutivo, como marcan los cánones. Además, con un trasfondo de crítica social, de semblanza de una realidad revuelta, sea en breves pinceladas, de una época importante de la historia de España, la Transición, con los importantes cambios que se produjeron ya no solo en la sociedad, quizás en una población tan desprotegida como la tercera edad, sino también en una policía que tenía que ajustar su dirección, sus directrices, de la dictadura a la democracia. 

“-  Yo creo que todo el mundo se está volviendo loco. Pero porque, en esta época, se juntan dos tipos diferentes de locura. La de siempre y la moderna. La de siempre es la de mis padres, por ejemplo. Hasta ahora, el mundo ha girado en un sentido, sólo en una dirección, y sus rollos podían ser válidos. Pero, desde que llegamos a la Luna, desde que se vive como se vive, el mundo se ha puesto a girar en otro sentido y todo lo que les servía a ellos ya no nos puede servir a nosotros.
Es otro rollo. Ahora, hay otro tipo de locura, que es la de los jóvenes, que es la que manda, aunque ellos no lo quieran aceptar. Pero ellos tienen la sartén por el mango y nosotros los jóvenes nos convertimos, fíjate bien que te digo nos convertimos en locos peligrosos. Y ellos, para no bajarse del burro, se convierten también en locos peligrosos. Y, entonces, es la bronca. El petardo en el culo del mundo. Bum".

Una novela entretenida.

"No quiero hablar de cosas que no sé. No quiero ser como un perro al que le dicen Busca y busca. Quiero ir al fondo de las cosas"

sábado, 22 de julio de 2017

NINGÚN PREDICADOR PARA LOS MORIBUNDOS

"Esto es lo único que te puedo ofrecer", o lo mismo hubiera sido abrirte una única puerta, cerradas las demás, por la que, confiado, distraído, notas cómo te empujan por la espalda y despeñas por el precipicio de las ilusiones rotas, de las promesas alevosamente incumplidas, hacia un fondo que no termina de llegar para poder salir de aquel, al menos intentarlo, desesperante. Demasiadas revueltas sin sentido. Masticas la oferta, @30+, limosnas, se fue, se fue, se fue... Vuelve, vuelve vuelve: "Vale, oye, por Febrero cuento contigo para esto, tengo que renovar, renovarlo casi todo"... se fue, se fue... Julio, nada, Agosto, menos... se fue. No hay más, lo demás o todo son mentiras, las mismas en que se convertieron las ofertas, los cobijos, estos y otros que hasta llegaron a hacerse real, seguros en sus ficciones, en sus sueños de muñeca rota. Entonces, ante las ofertas, el codiciado socorro, la pretendida ayuda, el obligado amparo, tal vez el asilo o el pago por los servicios prestados, bajas la cabeza, con la lánguida postración con la que disimulas la vergüenza honda. Aceptas con esta, con la testa cabizbaja de preocupaciones, resignada al engaño como las manos entrelazadas, apretadas, bastante, insoportable, hirientes por un silente "No es verdad", otro más; y evitas destrozarte la lengua con palabras afiladas que necesitan salir de tu estómago, de tu dignidad intestina, que reluzcan en su acero a la fría luz de un descargo, de un desahogo terapéutico, y al que te tragas con sus aristas, con la misma saliva de la voz reprimida. 

Intentas consolarte, dices, que con el orgullo, en este estado de rendición, de necesidad absoluta, no se vive, no se come, ni se bebe, y solo se llora, se grita, no puedes canjear tu ego a cambio del bienestar de los tuyos. Por esto pliegas tu silencio y te comprometes a la indiferencia, te recompones en el interés extraño, el que no es propio, a la no injerencia, y aunque por esto mismo sucede, por omisión o fe, esta situación de menoscabo y claudicación. Ridícula por la humillación. 

En el fondo, sí, sabes que lo son: mentiras. Esas mentiras que permiten, por uno de tus cabos más deshilachados, demorar el tiempo, el olvido por inacción, y la indignación. Mentiras, una más, sin rubor ni conciencia, cínicamente nutridas de tu miseria, domando tu último pálpito, aquel que recogiste y, con sinceridad, con generosidad, le entregaste en una deuda emocional. Impostada amistad. Ya no vale aquello de que si una vez fue podría serlo otra, y otra más, y otra, no... No, ya se acabaron las excusas, oportunidades que no valieron ni la primera. No ha merecido la pena, la espera en una confianza que jamás, para la quebrada voz del títere de la que brotó con disimulo psicológico, creyó posible. Con todo... 

... alguna sonrisa brota en tu desesperanza, la decepción adolorida, aquellas que tienen el reflejo dorado instigador, porque sabes que te gusta, porque sabes que a quien tienes enfrente, jamás estuviste a su lado, no le gusta lo que ve tras las grietas de su fortaleza, triste marioneta, su caos, la fuga de sus fracasos, esa parte suya que no tiene remedio, ni redención, la que una vez fue esperanza y ahora maldición. No hay prédicas, ni predicadora, para tantos moribundos. Quizás un contenedor de basuras. Tú y yo ya no nos entendemos. Sigo bajando.

*********

(Este relato, o esta reflexión en voz alta, o este retórico desahogo irreprimible del que muchos no entenderán su trasfondo, perdón, y al que solo me presentarán su indulgencia narrativa, que no es poco y agradezco, no he podido contenerlo más y lo he arrojado tras ese extraño impulso provocado por esta magnífica canción de Iron Maiden, "No prayer for the dying", ("Ningún predicador para los moribundos"), oída y disfrutada, e incluso reveladora, esta mañana. La canción del álbum con el mismo título, aunque referido a la crítica del evangelista Jimmy Swaggart, un telepredicador homofóbico seguidor de la biblia y contrario al rock (luego pillado en contextos no muy castos y evangélicos), me ha empujado a extrapolar o metamorfosear, no son tantas las diferencias, entre éste con las prédicas de ciertos políticos, los rezos falsarios, innobles, que usan y juegan con el dolor y la ruina ajenos. Por último, si lo prefieren, no hagan caso a esto escrito; invéntenlo si les apetece con otros contextos o alivios; respétenme o siléncienme. Solo. Una vez más mis perdones por lo críptico de la narración, salvo para quienes tengan oídos y ojos para oír y entenderla, propios y no por los ecos de otros. Gracias por permitir mi consuelo con las letras, o el fin de un final anunciado, y al que tal vez podría terminar con versos de la canción: 

"God give me the answer to my life
god give me the answer to my dreams
god give me the answer to my prayers
god give me the answer to my being"
("Dios Dame la respuesta a mi vida
Dios Dame la respuesta a mis sueños
Dios dame la respuesta a mis oraciones
Dios dame la respuesta a mi ser.")

Pero, con seguridad, mientras observo una de las portadas del disco, la inscripción en la tumba de Eddie (símbolo de la banda), acabaré con esta y, al cabo, de otra manera:  

"After the daylight
 the night of pain
 that is not dead
 which can rise again", 
o lo que en español sería:
"Después de la luz del día
 la noche de dolor
que no está muerta
que se puede levantar otra vez".)

© F. J. Calvente

https://youtu.be/j3D2GC-MXsw